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Me quedo a ver, por Mara Montañes

En días pasados participé en un webinar: “Me quedo a ver”.

Para cambiar la dinámica, decidí leer un cuento… y quedarme a ver qué pasaba.


Sin analizarlo. Sin explicarlo. Solo ver.


Y fue mágico.


Si quieres ver el webinar, está en el canal de YouTube de los 3P.


Aquí te comparto el cuento… y espero que, al quedarte a ver, veas más.


ME QUEDO A VER


Vas caminando con tu mundo entre las manos.

No es perfecto —es de barro—, pero respira contigo.

Tiene grietas viejas que aprendiste a no esconder,

colores que fuiste encontrando cuando dejaste de querer que fuera “como debía”.


Lo llevas como se lleva algo vivo:

con cuidado… pero sin miedo.


Y entonces pasa.

Un tropiezo.

Dos cuerpos que no ven, que no calculan, que no quieren… pero chocan conmigo.


Y todo cae.


El sonido no es fuerte,

pero algo adentro sí se quiebra.


Tu mundo estalla contra el piso.

Se abre en pedazos: algunos reconocibles, otros tan diminutos

que parecen más polvo que historia.


Duele el golpe.

Pero más duele ver lo que era tuyo

hecho irreconocible.


Lloras.

No solo por lo que se rompió…

sino por lo que ya no sabes si podrás volver a nombrar.


Sabes —porque lo sabes—

que podrías levantarte,

recoger lo que queda intacto,

y empezar de nuevo.


Hacer otro mundo.

Más fuerte.

Más limpio.

Más “tuyo”.


Tienes las manos.

Tienes el barro.

Tienes la experiencia.

¡Eres creador!


Pero no te vas.


Te quedas.


Te quedas a ver.


Y ahí, en el suelo, descubres algo que no esperabas:

no hay solo un mundo roto.


Hay tres.


Tres vasijas abiertas, mezcladas, desbordadas.

Tres historias deshechas en el mismo instante.

Tres maneras de haber amado lo que ahora está en el piso.


Pero al verlo bien…

no eran solo tres.


Eran las vasijas de todos los que alguna vez habían tropezado con cada uno de nosotros.

Fragmentos de otros encuentros, de otras caídas, de otras reconstrucciones.


Lo que parecía un accidente…

era un universo.


Las piezas ya no tienen dueño claro.


Un borde que sientes tuyo

encaja perfecto con un fragmento que no reconoces.


Un color que jurarías haber elegido

aparece en una forma que nunca hiciste.


Y entonces la pregunta cambia.


Ya no es:

“¿cómo reconstruyo lo que era mío?”


Sino:

“¿qué es realmente mío aquí?”


Entre disculpas torpes y silencios largos,

cada quien empieza a recoger.


Pero no es una búsqueda precisa,

es más bien un tanteo…

como si las manos supieran algo que la cabeza no.


Tomas una pieza.

No sabes si es tuya.

Pero la sientes.


Y la guardas.



Ayudas a levantar lo que está más cerca,

con el que está más cerca.


A veces entregas algo que creías propio.

A veces te quedas con algo que no entiendes.


Y en ese intercambio silencioso,

empieza a pasar algo extraño.


Las piezas dejan de ser solo fragmentos.


Se vuelven ventanas.


Cada una trae algo:

una forma de mirar,

un miedo que no conocías,

una manera distinta de haber resistido.


Lo que antes era “tu mundo”

empieza a sentirse… más amplio.


Más incierto, sí.

Pero también más vivo.


En algún punto entienden algo juntos:


No va a regresar a como era.


Y, contra todo pronóstico,

eso no es una tragedia.


Es un permiso.


Así que dejan de intentar reconstruir la forma anterior.


Y empiezan a armar algo nuevo.


Sin planos.

Sin urgencia.

Sin la obsesión de que “quede bien”.


Solo con lo que hay.


Con lo que quedó.

Con lo que apareció.


Con lo que se mezcló.


Y sí, al principio no contiene.

El agua se escapa por las grietas.

Las uniones son torpes.

Nada encaja del todo.


Pero hay algo ahí…

que antes no estaba.


Una luz.


No viene de las piezas.

Viene de los espacios entre ellas.


De lo que ahora no está sellado.

De lo que permite ver a través.


Un brillo que no pertenece a nadie,

pero que solo existe

porque se quedaron.


Porque no huyeron.

Porque no reemplazaron.

Porque no corrigieron de inmediato.


Porque se quedaron a ver.


Y entonces lo entiendes, sin pensarlo tanto:


A veces, lo que se rompe

no te está quitando algo.


Te está mostrando

de qué más estás hecho.


Y a veces, quedarte a ver

no es quedarte en el dolor.


Es quedarte lo suficiente

como para que algo nuevo

tenga espacio de aparecer.


Mara Montañes

 
 
 

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