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Una piedra en el camino por Alexis Copello

31 ago
3 min de lectura

Ocho milímetros.

Eso medía la piedra que me sacaron de la vejiga hace unos días. Ocho milímetros. Menos que la uña de mi dedo meñique.


Y durante meses me tuvo incómodo, molesto, con el cuerpo avisando algo que yo no terminaba de aceptar.


Hubo semanas en que anduve de mal humor y no sabía bien por qué. Le eché la culpa al trabajo o falta de él, al cansancio, a que estaba durmiendo mal, a que había demasiadas cosas encima. Buscaba afuera el motivo de algo que estaba adentro. Literalmente adentro.


Me dedico al arte de acompañar a otros a recuperar la calma y claridad hace años y aún así caí igual, en mi propia trampa mental. Nobleza y honestidad obligan.



Pero lo interesante no es la piedra. Es lo que vi alrededor de ella.


Porque la piedra fue siempre la misma. Los mismos ocho milímetros mientras yo la vivía como un fastidio insoportable algunos días, y los mismos ocho milímetros mientras esperaba en la camilla, con la vía puesta, sintiendo algo bien distinto.


El hecho no cambió. Cambió el pensamiento que lo estaba mirando.


Y cuando el pensamiento afloja, como ya vamos aprendiendo, no porque uno lo empuje, sino porque se cansa solo, la consciencia sube. Y con ella aparece lo que siempre estuvo ahí y no veía.

Ahí noté nuevamente que estaba vivo. Así, literal. No como idea bonita: como hecho.



Noté a las personas que se ocuparon de mí. La enfermera que me explicó dos veces lo mismo porque se dio cuenta de que yo no estaba escuchando y se aseguró de que entendiera todo. Mi cuñada que es médica y gestionó todos los estudios por una vía mucho más ágil que la de la cobertura social.



Vi a mi mujer que me acompañó, a mi hermano, a mi madre que con sus ochenta y siete años, se tomó un taxi para ir a verme. Noté el cariño que llegó de lejos, de gente que no podía hacer absolutamente nada más que escribir un mensaje y ese mensaje fue una caricia reconfortante.


Y después vino la lista de cosas obvias que dejaron de serlo. Caminar sin pensar en caminar. Sentarme sin cuidado. Ir al baño sin molestia. Reírme sin que doliera. Volver a tomar mates… Lo cotidiano, que es donde vive casi toda la vida, y que casi nunca miramos porque estamos ocupados en lo urgente.


Pero cuidado, otra cosa que noté: No fue la operación la que me despertó la gratitud.


La gratitud estaba antes. Debajo del ruido de estar molesto, esperando que yo dejara de hacer ruido con mi loca cabeza.


Esa vida que late abajo de todo no la fabriqué yo. Ya estaba. Solo dejé de taparla.


A veces hace falta una piedra de ocho milímetros para que la vida se vuelva visible.


Y uno diría: claro, porque nos recuerda que somos frágiles.


Puede ser. Es una opción. Yo creo que, al menos esta vez, no fue por eso.


No es que se ve por el susto. Se ve porque, por un rato, dejamos de pelearnos con lo que hay. Y en esa tregua, que no la conseguimos, que simplemente sucede, aún pese a nosotros mismos, aparece todo lo que estaba tapado.


Cierro con lo que a esta altura es evidente: No hace falta una piedra. Nunca hizo falta.


Está disponible un lunes cualquiera, llevando a mis hijas al colegio o un jueves por la noche, como ahora que estoy terminando esta nota, en el estribo del día cuando las agujas del reloj y los ojos comienzan a pesar. Justo aquí y justo allí, donde estas líneas hacen contacto contigo.


Te mando un abrazo, mucha paz y el deseo de que cada día, con o sin piedras en el camino, elijas ver un bello día.


Con Amor.

Alexis

 
 
 

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