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Escucha, el silencio te habla por Alexis Copello


Aquí, en el momento en que estoy escribiendo esto es domingo por la mañana y amaneció con una tenue lluvia, de esas que mojan sin que lo veas, finas y constantes. Mis hijas y mi mujer duermen aún. Les gusta mucho hacerlo y pueden, así que, enhorabuena.


Me preparé un mate, encendí la computadora y contemplé la escena.


Los juguetes de Vicky desparramados por todo el living, sus zapatillas, sus pinturas y peluches; Sofí dejó su campera en la silla y mi mujer su cartera junto a una bolsa con las cápsulas de café que tanto le gusta y que compró ayer. Debajo de la mesa ratona, una caja de bombones vacía; nos la comimos anoche mientras mirábamos una peli los cuatro. En rigor de verdad ellas la vieron, yo me quedé dormido en el sillón.


Disfruto profundamente estos momentos de quietud y contemplación en los que me doy cuenta, de forma más consciente, de que todo está dispuesto para mí. Cada una de las cosas que están conmigo tienen mucho que decir, aunque no hablen. Claro que a mí me dirán cosas muy diferentes a las que podrían decirle a mi mujer, a mis hijas, o a ti.


Pero si escucho con atención clara empiezo a reconocer que la voz de esas cosas se parece mucho a mi propia voz y entonces la cuestión toma otros matices, otra dimensión aún más sorprendente.


¿Soy yo hablando desde el peluche, el mate, el sillón, la lluvia, la campera, etc?


Sacudo mi cabeza y respiro profundo. Alborea una revelación sutil y transformadora.


“Todas las cosas tienen mi propia voz”.


Siento un pequeño cosquilleo. Una sensación a la que no puedo ponerle palabras.


¿Si tienen mi propia voz, yo estoy en ellas o ellas en mí?


Trato de escuchar la respuesta a esta pregunta y no oigo nada. Identifico a una parte de mí que busca al tanteo y con cierto desespero algo que decir y se incomoda al no encontrarlo. Siento un poco de ansiedad.


Soy testigo de eso que acontece en mi interior. Como si un pequeño enanito con mi aspecto trajinara de aquí para allá buscando sin saber muy bien qué. Puedo observarlo. Es a la vez incómodo y divertido. Pero pasa algo más. Parece que puedo observar a ese enanito correteando y a mi observándolo. La perspectiva de observación se amplía. Como si hiciera un zoom invertido. Me veo fuera de mí, observándome observar.


¿Dónde estoy? No lo sé, pero algo se aquieta, se ralentiza. Siento calma y tranquilidad. Silencio.

No un silencio vacío. Un silencio integrador. Me quedo así, disfrutando de la experiencia.


El silencio me habla en un lenguaje que no puedo traducir. No tiene mi voz. No puedo articular expresión lingüística para compartirlo. No puedo, me excede, pero el sentir que viene de su mano es tan gozoso, tan pleno, tan sublime. Es un silencio que no está en ningún lado o en todos al mismo tiempo. Me rindo y entrego por un rato.


Regreso al teclado. Parece que hubiera pasado un siglo.


Sigo sentado en la misma silla y el mate aún está tibio. Nada ha cambiado, pero se ve distinto.


Nada fue necesario hacer. Nunca lo es. Todo está servido para mí y, por propiedad transitiva, para ti también. Todo dispuesto para que experimentes la profundidad de la vida justo allí, donde estas palabras te pesquen. Nada tienes que agregarle al momento, ni quitarle. Nada. Date la oportunidad de sólo ser y verás como todo es mucho más de lo que puedes imaginar.


Está justo ahí, detrás de tu voz, en el Silencio.


Anímate. La cosecha es abundante.


Arreglo mi mate, vuelvo a mirar y contemplar todo a mi alrededor. Sonrío y mis dedos comienzan a escribir las primeras palabras…


Escucha….el silencio te habla.


Alexis Copello


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